No me da miedo volver sola a casa de noche, me dan miedo los hombres

No me da miedo volver sola a casa de noche, me dan miedo los hombres

Ayer volvía sola por la noche a casa. Como tantas otras noches. Recorrí las calles principales de la ciudad para luego ir metiéndome por otras más pequeñas y menos transitadas.

Hasta que, ya casi en mi destino, saltó una voz de un grupo de chicos de la acera de enfrente. Un «guapa», una pregunta al aire de a dónde iba sola y que si me acompañaba.

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Como tantas otras noches, se me cierra la boca del estómago.

Haciendo referencia a mi aspecto, marcando que estoy sola en una calle y que, puede venirse conmigo, ha conseguido que me sienta insegura e indefensa. En peligro.

Como tantas otras noches.

Y me pregunto si él es consciente de cómo me siento. Si él, o cualquiera de los que hacen este tipo de comentarios a voces, caen en el que nos resulta intimidante. 

Si no es consciente, y es una oferta sentida, porque realmente le preocupa mi integridad física, la lógica no aparece por ninguna parte.

¿En qué momento necesito un perfecto desconocido para ser protegida de otro perfecto desconocido, que me pueda abordar, mientras vuelvo de fiesta?

No quiero ir al recurso emocional fácil de que piense en su hermana o prima pequeña, antes de decir un comentario de ese estilo.

Porque no tiene que ir a las mujeres de su familia para ponerse en mis zapatos. Bastaría con que empatizara conmigo.

Y si es consciente, es quizás la forma de denotar lo evidente.

Que voy sola y que él está ahí, arropado de su grupo de amigos.

Que he llamado su atención y que tengo compañía si así lo deseo (permitid que sospeche de que sea solo para acercarme al portal y desearme felices sueños).

Que con esa propuesta refuerza su ego masculino ante su manada, mirad qué huevos tengo, cómo le entro a las tías, soy todo un machote.

Mientras, el resto de sus amigos, guardan silencio. Ninguno le increpa un «cállate, déjala tranquila».

Cómplices mudos, como los que te encuentras tantas otras noches, haciendo la vista gorda cuando su amigo empieza a sobrepasarse con otras mujeres, metiendo mano en la discoteca.

Yo, ante la duda de si sabe o no que se me ha acelerado el pulso y he apretado el teléfono en mi mano -intentando recordar cómo hacer la llamada de emergencia-, agacho la cabeza y aprieto el paso.

Toda mi atención va dedicada a si oigo sus pasos detrás de los míos. Solo me permito volver la cabeza cuando vislumbro mi edificio.

Sigo sola. No me ha seguido. Suspiro.

Y, como siempre que cruzo el portal, le he escrito a mi amiga “Vete a dormir, ya he llegado”.

Porque anoche fue como tantas otras noches en las que no iba sola. El miedo venía conmigo.

Y, como tantas otras noches, se intercambió por el alivio al cerrar la puerta con llave.

Ayer no me tocó a mí. Pero siempre tenemos la duda de si será en la próxima. O la siguiente. Cualquier noche.

Y ellos están ahí para recordártelo.

Mara Mariño

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