Nada dura para siempre: ¿es cierta esta idea?

Nada dura para siempre: ¿es cierta esta idea?

Pocas realidades son tan ciertas como el hecho de que nada dura para siempre. Podríamos hablar de la obsolescencia programada y de la limitada vida útil de todos nuestros electrodomésticos y tecnología. Sin embargo, si hay un territorio que sabe de principios y fines, de inicios y finales, es nuestra propia existencia, así como nuestros sentimientos, emociones, relaciones y prácticas.

A todos nos cuesta lo indecible asumir que determinadas realidades terminan y se desvanecen. Vivimos de prestado, pero nos aferramos a la idea de que lo que tenemos hoy es permanente, indeleble, casi. Y lo hacemos porque nuestro cerebro así lo necesita. Necesitamos lo previsible y la estabilidad para no dejar espacio al estrés y al miedo.

Imaginar que el amor que hoy nos da sentido puede acabar mañana nos hace entrar en pánico. Pensar en la idea de que el trabajo que hoy nos da un sueldo puede terminarse, nos abruma. Y cómo no, en nuestra cotidianidad, nos negamos a creer que quienes forman parte de nuestro día a día, pueden dejarnos en algún instante.

Sin embargo, ser conscientes de la impermanencia es un ejercicio de salud psicológica que todos deberíamos desarrollar.

“… nada dura: ni la noche estrellada, ni las desgracias, ni la riqueza; todo esto de pronto un día ha huido”.

-Sófocles-

Mano tocando agua representando que nada dura para siempre
Muchas veces tomamos conciencia de lo que tenemos cuando lo perdemos.

Nada dura para siempre, pero vivimos como si lo fuera

Todos entendemos la impermanencia de lo material. Lo saben hasta los niños cuando se dan cuenta de que sus juguetes favoritos se rompen y se desgastan. Sin embargo, cuesta más asumir lo efímero de esas otras realidades menos perceptibles o que, casi de forma inconsciente, damos por sentadas.

Asumimos que esos amigos del alma siempre lo serán. Damos por sentado que siempre contaremos con nuestros padres en cualquier circunstancia y que la felicidad que nos abraza hoy, seguirá dándonos calor mañana. Sin embargo, al igual que se rompen los juguetes de nuestra infancia, también se rompen las relaciones. Y muchas veces, uno toma plena conciencia de lo que tiene cuando lo pierde.

Cada uno de nosotros transitaremos por esos instantes de pérdidas, esos umbrales de sufrimiento indescriptibles en los que descubrir que nada dura para siempre. Será entonces cuando algo cambie en nosotros, cuando perdamos la inocencia de lo eterno para integrar en nuestro ser la realidad de lo efímero. Resistirnos, negarnos a los cambios y a las pérdidas es la principal fuente de sufrimiento en el ser humano.

Aceptar la impermanencia para vivir con mayor pasión

Hay amores que se acaban y otros que se inician. Perdemos personas, descubrimos a otras. Perdemos trabajos, y al cabo del tiempo, comenzamos nuevos proyectos. Dejamos atrás lugares, hábitos y hasta amistades, para más tarde poner en marcha nuevas etapas. Es cierto que nada dura para siempre, pero también es verdad que cuando algo termina, algo nuevo empieza a continuación.

Integrar en nuestro aprendizaje vital el concepto de la transitoriedad o la impermanencia es un ejercicio de bienestar psicológico. Decimos esto porque nuestra cultura occidental no está habituada a este tipo de ideas. Somos una sociedad consumista que desecha y compra cosas nuevas de manera continuada.

Nada parece tener fin para nosotros, incluidas las relaciones. Tras una ruptura buscamos a otra relación en nuestras aplicaciones de cita, y lo mismo hacemos con las amistades. Vivimos el presente como si no existiera mañana, a diferencia de las culturas orientales, más conscientes sin duda de nuestra esencia efímera y finita.

Las filosofías orientales como el budismo o el hinduismo integran plenamente en sus vidas la idea de lo efímero y la impermanencia. Al fin y al cabo, solo cuando aceptamos la fugacidad de la vida y de todo lo que hay en ella, lidiamos mejor con la adversidad.

Asimismo, cuando entendemos que nada de lo que conforma nuestra vida es permanente (pareja, trabajo, amor, salud, dinero, etc.) apreciamos con mayor pasión lo que tenemos, porque todo lo que es fugaz, es tremendamente valioso.

Mujer soplando un diente de león representando representando que nada dura para siempre
Aceptar que todo es efímero nos puede permitir apreciar más lo que nos rodea.

Nada dura para siempre, pero lo que se cuida dura más

La doctora Shauna L. Shapiro, profesora de psicología en la Universidad de Santa Clara, publicó un artículo muy interesante en el 2006. En él nos hablaba de los beneficios de integrar diversas ideas del budismo en la psicología. Uno de esos conceptos que valdría la pena asumir es precisamente la no permanencia, entender que nada es para siempre.

Todos somos finitos y también lo son nuestros estados de ánimo. Al igual que la felicidad no dura eternamente, tampoco lo hace el sufrimiento. Nada es perpetuo, y aunque las experiencias adversas nunca serán inevitables, el dolor que nos generan no durará para siempre. Todo tiene fecha de caducidad, todo tiene un inicio y una conclusión.

Ahora bien, si nos asusta lo etéreo de la vida y de las relaciones, tengamos presente una idea: aquello que se cuida dura mucho más. Y aquello que se ama con intensidad, aunque se pierda, perdurará para siempre en nuestra memoria. Asimismo, si hay algo que perdura es la impronta emocional que dejamos en los demás.

Somos lo que hacemos, pero sobre todo lo que transmitimos a quienes nos rodean. Esa estela de afecto, cuidado, amabilidad y aprecio no se borra, deja marca hasta el fin de los tiempos. Como las marcas del mar en las rocas, como el ámbar fosilizado en los troncos de los árboles…

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