Las normas: para qué sirven, cómo nos ayudan y por qué algunas personas son más proclives a aceptarlas y otras no

Las normas: para qué sirven, cómo nos ayudan y por qué algunas personas son más proclives a aceptarlas y otras no

Las normas son casi tan antiguas como el propio hombre, sin embargo, en el último año y medio nos hemos visto obligados a asumir una cantidad ingente de nuevas reglas, mandatos y recomendaciones que surgían y se modificaban sobre la marcha a causa de la pandemia y la llamada nueva normalidad. Algo que no todos han sabido aceptar o acatar de la misma forma. ¿Cuál es la labor de las normas? ¿Cómo ayudan a la sociedad? ¿Y por qué hay personas más proclives a seguirlas y otras menos? A todas estas preguntas vamos a intentar dar respuesta a continuación.

Las normas abarcan desde lo más amplio a lo más concreto, es decir, pueden servir tanto a nivel global como a un país concreto, una ciudad o comunidad, una familia o, incluso, a nivel personal. Los expertos indican que su objetivo es mantener el bienestar general de la población y controlar aquellas conductas negativas o perjudiciales para los demás. Por lo tanto, las normas tienen la función de definir qué es correcto y qué no lo es, y si se cumplen se obtienen los mejores resultados para todos.

Cuando se convive en grupo, como es el caso del ser humano, es normal que surjan conflictos y es por eso por lo que se suelen establecer una pautas que regulen la conducta individual y grupal con el objetivo de mantener la armonía del grupo. Las normas, como ya hemos comentado anteriormente, se aplican a la especie humana en general y también a grupos más reducidos de personas como puede ser el trabajo, la familia, el vecindario o la escuela.

Las normas cumplen distintas misiones tanto a nivel colectivo como individual:

Sirven para que funcione la sociedad

Las normas tienen una gran importancia en el sistema social que hemos desarrollado. Gracias a ellas conseguimos que la convivencia de unos con otros sea posible y más llevadera. Imaginemos si no un mundo sin normas de tráfico, lingüísticas o jurídicas por poner tres ejemplos.

Regulan y guían el comportamiento

Las normas ejercen control sobre la conducta de las personas. Al regular el comportamiento individual y hacer que cada persona no pueda comportarse como quiera se cuidan las necesidades de la propia sociedad.

Mantienen el orden social

Las normas consiguen que un grupo amplio de humanos se mantenga unido sin que reine el caos. Obviamente, no van a hacer desaparecer los problemas de convivencia por completo pero al menos los regulan y hacen que la sociedad pueda seguir evolucionando.

Otorgan cohesión a la sociedad

Gracias a las normas entendemos que formamos parte de un grupo y que aceptándolas y actuando de manera coordinada lo mantenemos unido. Cuanto mayor sea la cohesión de un grupo más fácilmente éste podrá conseguir sus objetivos. Los expertos señalan, además, que la percepción que tengamos de cómo acatan las normas las figuras de autoridad repercute en gran manera en cómo las cumpliremos los demás.

Ayudan a conseguir el autocontrol individual

Cuando cumplimos las normas se potencia un mayor control de uno mismo y se crea un límite no solo social sino también individual. Acatar una norma no quiere decir que no podamos estar en desacuerdo con algunas de ellas por obsoletas o porque hayan perdido el sentido en determinados contextos. Buscar el cambio y evolución forma parte del propio sistema normativo.

¿Por qué a algunas personas les cuesta más cumplir las normas? En 2018 se publicó un interesante estudio, Xqincumplen, realizado por la Universidad Miguel Hernández de Elche (Alicante), el Instituto Crímina y la DGT. Aunque en este caso el análisis se enfocaba en las normas de tráfico los resultados son extensibles a otros ámbitos. Según explicaba el catedrático Fernando Miró, aunque se tiene la creencia de que las normas de tráfico se cumplen por miedo a la sanción esto está mucho más relacionado “con la existencia de modelos sociales de conductas adecuadas y con las propias convicciones morales acerca de lo que está bien y lo que está mal que con el miedo al castigo”. Por lo tanto, el comportamiento que vemos repetido en los demás (especialmente en nuestro grupo cercano) y si nos parece justo o no su incumplimiento y su castigo son mucho más importantes que el castigo en sí.

Lo mismo ha ocurrido recientemente con las normas y recomendaciones relacionadas con la prevención del Covid-19. Los expertos señalan que aunque es cierto que el miedo juega un papel muy importante en nuestra motivación para cumplir las normas, lo que muestra la ciencia es que, en casos como éste, la disuasión y el miedo tienen un alcance limitado y no siempre en la dirección esperada.

Según un interesante estudio publicado por The Conversation, algunos factores psicológicos que dificultan la adopción de comportamientos son:

La dificultad de lo sencillo. Aunque determinadas recomendaciones como lavarse las manos o quedarse en cuarentena eran aparentemente sencillas suponían al mismo tiempo inhibir acciones altamente automatizadas. Algo que resulta especialmente difícil si nos encontramos cansados, muy estresados o desinhibidos a causa del alcohol. El grado en que las medidas se consideran molestas a nivel psicológico se asocia a un mayor grado de incumplimiento.

La forma de pensar de cada uno también afecta y dificulta la adopción de normas. Un ejemplo en el caso del coronavirus es el llamado sesgo optimista, la creencia de que lo malo es más probable que les pase a los demás que a uno mismo. "Aunque pueda tener sus ventajas para el bienestar psicológico, cuando se trata de prevenir riesgos puede resultar contraproducente ya que contribuye a que se ignore o subestime la importancia de seguir las recomendaciones. Es relativamente sencillo llegar a creer que cumplimos las normas mejor que el resto de la población y que si no se mejora es debido al incumplimiento de los demás" señalan desde la publicación.

El contexto social es otro elemento que determina el éxito en la implantación de medidas. Por ejemplo, lo que percibimos que hace la mayoría, o norma descriptiva, y lo que consideramos que es aprobado o preferido por los demás, o norma prescriptiva, afectan a nuestras decisiones. Si creemos que todo el mundo cumple con las recomendaciones sanitarias y se rechaza el incumplimiento, es más probable que hagamos lo mismo.

Por el contrario, la percepción de que los demás no cumplen con las recomendaciones o que no existe acuerdo respecto a su conveniencia abre la puerta a que podamos justificar nuestras propias transgresiones. Además, la identidad social es otro factor que condiciona los efectos del contexto. De esta manera, lo que piensan y aprueban los demás nos afecta más si nos percibimos como parte de un mismo grupo que es importante y significativo.

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