«La creencia de que los niños tienen que obedecer es el sometimiento absoluto y no respeta sus deseos ni sus necesidades»

«La creencia de que los niños tienen que obedecer es el sometimiento absoluto y no respeta sus deseos ni sus necesidades»

Andrea Zambrano es abogada, coach certificada PCC y formadora. Ángeles Jové, también doctorada en Derecho, ejerce como Coach Profesional Certificada por la ICF formada en la Escuela Europea de Coaching EEC. Juntas fundaron hace algún tiempo Educar es emocionar, una organización especializada en educación emocional que ha creado el método ‘aeiou’ para docentes, familias, niños y adolescentes.

¿Su reto? Mejorar la armonía familiar a través de la formación emocional y erradicar las violencias dentro de las relaciones. Tras su libro Educar es emocionar este 2022 presentan El valor de cuidar (Paidós), en el que proponen a los padres una forma más consciente de relacionarse con sus hijos en la que prime el respeto y el cuidado y se destierren para siempre las violencias invisibles.

Las violencias invisibles están todavía muy normalizadas en el ámbito familiar pero, sin embargo, muchos padres creen que no va con ellos ni con su modo de educar. Dadnos algunos ejemplos claramente reconocibles de estas violencias que se ponen en práctica habitualmente con los niños.

Ángeles: Son frases que hemos utilizado nosotros y que también han usado nuestros padres. Y además las hemos oído tanto que parece que nos hemos insensibilizado a ellas, pero que hieren de verdad. Por ejemplo: ‘ya está, ya lo has estropeado todo’, ‘es que siempre consigues que mamá se enfade’, ‘si no haces esto al final papá se va a enfadar’, ‘si no haces lo otro al final no vamos a poder salir de casa y mamá se va a poner triste’, ‘si no te acabas la cena al final no vamos a poder hacer lo que queríamos toda la familia’, ‘es que eres tonto’, ‘no haces nada bien’, ‘yo no quería pero al final consigues que me enfade’, ‘siempre estás llorando’…

Si a un niño que no tiene capacidad para regular sus emociones lo tratas como a un adulto que sí sabe hacerlo, eso es una violencia

Andrea: Y también gritar, castigar o simplemente no dejar que se exprese diciéndole ‘es que no se llora’ o ‘es que estás muy enfadado o enfadada’. Todas estas cosas son violencia. Para mí la violencia más base o estructural es la creencia de que los niños tienen que obedecer. Esto directamente es el sometimiento más absoluto donde un niño no es tenido en cuenta ni en intereses ni en deseos ni en necesidades. Lo decía Montessori: “La primera violencia es no respetar la naturaleza del niño”. Y cuando tratas a un niño de una forma que va en contra de su naturaleza, te la cargas. Si a un niño que está en desarrollo y no tiene capacidad para regular sus emociones, lo tratas como a un adulto que es capaz de regularse a sí mismo, eso es una violencia. Como lo es el control, la ausencia de límites, el exceso de límites y la creencia de que educar solo se puede hacer con violencia.

Ángeles: El juicio es también una de las principales violencias. Juzgamos muchísimo y a nuestros hijos los juzgamos cuando no les estamos validando una emoción. El niño puede tener otra manera de expresar que necesita descanso, que necesita autonomía o movimiento o esparcimiento y estamos juzgando que no se está quieto, le estamos etiquetando: ‘es que no puedes parar, te estás portando mal…’. El portarse mal es algo que a mí me está molestando, que no me va bien, que no me es cómodo.

El niño debe hacer lo que le proponemos porque confía y colabora con nosotros pero no por obligación ni por miedo

¿Confundimos entonces lo que debería ser obediencia?

Ángeles: Lo de la obediencia hay que matizarlo porque la gente no lo acaba de entender. En realidad, el niño debería obedecerse a sí mismo porque se trata, precisamente, de que no necesite obedecer a una autoridad externa. Sino, ¿en qué se va a convertir?, ¿en un autómata que va a obedecer a la autoridad de turno? Sencillamente lo que tiene que hacer es colaborar, contribuir, hace lo que nosotros le proponemos como padres porque nosotros le cuidamos, porque confía y colabora con nosotros, porque contribuye con la familia, pero no por obligación ni por miedo. ¿Por qué tiene que hacer los deberes? ¿Porque nosotros le obligamos o porque realmente él quiere aprender y sabe que hay un beneficio? Son matices, pero matices de muchísima importancia porque, ¿si no hay normas él no va a saber qué hacer en la vida? Los padres necesitamos enseñarles a tomar decisiones y, precisamente por ello, a que se equivoquen para que les vayamos enseñando y que luego, cuando sean adultos, se responsabilicen y sepan tomar buenas decisiones. Hemos de enseñarles desde pequeños y para eso debemos acompañarles de la mano en ese camino y no romperles su voluntad, su espontaneidad, su autonomía… Porque el apego son tres pilares: seguridad, la autonomía y la regulación emocional. Les hemos de prestar nuestro cerebro para que ellos luego sepan regular emocionalmente solos.

¿Por qué es tan importante para los padres aprender a identificar estas violencias? Vosotras mismas decís que el libro está hecho para aprender a salir de este círculo vicioso.

Andrea: Lo primero que queríamos era visibilizar qué es violencia y qué no es violencia porque partimos de la base de que vivimos en una sociedad donde no tenemos claro lo que es sano de lo que es violento o tóxico. Lo primero sería tomar conciencia de cuándo algo es violento y cuando no y lo segundo tomar esta conciencia no para sentirse culpable sino para responder de otra manera. Si reconoces que estás amenazando a tu hijo, culpabilizándole o castigándole vas a poder actuar de forma diferente y dejar de ser víctima de tu propia violencia o la que te inculcaron otros.

Al igual que necesitamos comer, beber y abrigo, para convertirnos en seres humanos de verdad necesitamos conexión con nuestras figuras de referencia

Ángeles: Y no debemos culpabilizarnos porque en realidad lo que debemos tener es mucha compasión hacia nosotros mismos. Este es un libro que no pretende culpabilizar a nadie porque sino seríamos violentos con nosotros mismos y eso sería una incoherencia. Pero tampoco debemos ignorar estas miniviolencias porque si las dejamos pasar acabamos en violencias explícitas y graves. Al igual que necesitamos comer, beber y abrigo para vivir, para convertirnos en seres humanos de verdad necesitamos también conexión con nuestras figuras de referencia.

Nosotras hablamos de cosas a pequeña escala pero en el fondo el mecanismo es el mismo: cuando un niño no es escuchado, validado, se le ignora, se le reprime la emoción, no se le permite expresar lo que siente, se le dice ‘esto que tú sientes no es así’ o ‘no es para tanto’… todo eso confunde tanto su realidad interior que luego cuando eres adulto te cuesta muchísimo entablar relaciones sanas. Y los patrones que aprendes en casa son los que luego utilizas cuando te relacionas con los demás. Por eso muchas personas en la vida adulta tienen muchas carencias. No tener un adulto empático a tu lado que te dé una reformulación o una explicación, no tener un acompañamiento, eso es lo peor. La psicoanalista Alice Miller decía: “Detrás de un crimen siempre hay otro crimen”.

¿El origen puede estar en que a quienes ahora son padres no se les ha enseñado a diferenciar en su infancia entre lo que les hacía bien o lo que era tóxico?


Ángeles: O lo han mezclado: ‘lo hago por tu bien, esto es bueno para ti pero te castigo para esto o te impongo esto’. El problema es que muchos nos lo hemos comido así y luego lo reproducimos de la misma forma. Detrás de nuestra manera de funcionar y de relacionarnos, especialmente con la infancia, hay mucha violencia. Si no las identificamos, si no les ponemos nombre, no nos responsabilizaremos de ella y nos condenaremos a repetirla de forma inconsciente, generando más violencia.


¿Y cómo le ponemos límite a estas violencias invisibles?

Andrea: Hablamos del valor de cuidar, ¿y cómo lo haces? La única forma de hacerlo es: uno, tomando conciencia, y dos, poniendo límites, diciendo esto sí y esto no.

Ángeles: Yo creo que el primer paso sería tomando conciencia de tu propia agresividad, de que muchas veces por no atender nuestras propias necesidades, por ejemplo de descanso, con facilidad podemos gritar, perder la paciencia… Hay que ser compasivo con uno mismo, reconocer que necesitas una serie de autocuidados y una vez que aceptas esto, cuidar al otro. Y además siendo muy consciente de que vas a volver a equivocarte otra vez y es en esos momentos en los que puedes elegir actuar de otra manera y crecer. En el momento en que eliges reparar, coges a tu hijo y dices: ‘mira cariño, mamá está muy nerviosa y no es por ti, te pido perdón y quiero hacerlo mejor’. Y de esta manera también le enseñas a pedir perdón y a reparar. Tomamos conciencia y de esta manera nos cuidamos.

La mayoría de la gente entiende el cuidar limitándolo a los cuidados físicos, sin embargo, vosotras insistís en que este concepto aplicado a la infancia debe entenderse de una manera más amplia.


Andrea: Al final tiene mucho que ver con el tema de las necesidades, del cuidar a nivel profundo de mí y de mi hijo. Implica saber cuál es tu naturaleza, cuál es tu semilla o la de tu hijo, qué necesidades tiene y cuidar de esas necesidades. Primero porque por ser niño ya tiene unas muy concretas: el contacto físico, la conexión, la pertenencia, el ser tenido en cuenta, el respeto… Pero luego cada niño según su naturaleza su semilla puede ser muy motriz, necesitar moverse, no lo puede elegir… Tener en cuenta las necesidades de mi hijo, saber atenderlas y darle ese espacio, eso es cuidar.

La relación padre-hijo es jerárquica en cuanto a a tomar de decisiones pero en cuanto a persona humana todas las necesidades son igual de importantes

Y luego está el paradigma del ‘ganar-ganar’ del que hablamos en el libro. Las violencias invisibles tienen que ver con las jerarquías, con el ‘ganar-perder’, pero cuando hablamos de cuidar implica ‘ganar-ganar’ en el sentido de que mis necesidades están tenidas en cuenta pero las de mis hijos también porque no tiene que haber solo uno que salga ganando. Y esto es algo en lo que insistimos mucho porque sin querer nos metemos en ese ‘ganar-perder’ y en esa lucha de poder que en la infancia se ve muchísimo. Ese sería un poco para mí el cuidado en toda su expresión. ¿Que la relación padre-hijo es jerárquica? Verdad, pero en cuanto a experiencia y a toma de decisiones; en cuanto a persona humana y a necesidades todas son igual de importantes.

Ángeles: También hay jerarquía en responsabilidad. Yo soy responsable de mi hijo de tres años pero hay horizontalidad en el sentido de que ambos somos imperfectos. Yo tendré más experiencia pero en cuanto a dignidad y respeto hay horizontalidad. Tengo que tratar con el mismo respeto a un niño de tres años que a un adulto de 40. Sin embargo, la gente entiende la horizontalidad con los hijos como colegueo. Y no somos amigos porque si yo soy amigo de mi hijo entonces lo dejo sin madre y eso también es una violencia. Cuando hablamos de flexibilidad no estamos hablando de que hagan lo que le dé la gana porque si no hay límites también hay violencia. Porque el apego es sostén, tiene que haber siempre contención. Podemos ser muy firmes en el qué pero muy flexibles en el cómo, hay términos que no son incompatibles.

Andrea: Y en vez de obedecer lo que puede hacer es contribuir. Porque a lo mejor que se lave los dientes no es negociable y no le estás pidiendo obediencia, no debe someterse a lo que le dices sino obedecerse a sí mismo, al cuidado que tú necesitas. El niño lo debe hacer por sí mismo y lo que hay que enseñarle es el valor que tiene cuidarse: de lavarse los dientes, de irse a dormir pronto… Para eso hay que poner unos límites pero enseñándole el valor que tiene hacer esas cosas.

Cuando hablamos de flexibilidad no estamos hablando de que hagan lo que les dé la gana porque si no ponemos límites también hay violencia

Ángeles: Lo que diferencia a los adultos de los niños es que los niños vienen a recibir, los adultos damos. Los niños obviamente son pequeños y nosotros atendemos esas necesidades y poco a poco les vamos enseñando a que se hagan cargo hasta que llegue el momento en que sean capaces de cubrirlas por ellos mismos. ¿Qué pasa? Que si llegas a la edad adulta y esperas que los demás sean los que cubran tus necesidades tenemos un problema brutal de codependencia. E incluso hay adultos que esperan que sus hijos sean los que satisfagan sus necesidades.

¿Qué importancia tiene el autocuidado en este camino para aprender a cuidar a de los demás?

Andrea: Es que así empieza todo. Si no me cuido yo sacrificándome por mis hijos (que también el sacrificio es un tipo de violencia invisible), ¿qué hago al final? Estoy tan baja que pago mi mal humor con mis hijos y eso sí que es una violencia. ¿Qué voy a dar si yo no me he cuidado primero? La base del cuidado es el autocuidado, escucharte a ti, ver lo que necesitas y satisfacer o pedir ayuda para satisfacer esa necesidad en ti.

Es muy difícil poder satisfacer las necesidades de tus hijos como ellos necesitan si tú apenas tienes tiempo de poder respirar. Hay muy pocos recursos para que esto sea así. Hay muchas cosas que no podrás hacer pero fíjate en lo que sí puedes y con eso es suficiente: Y luego visibilizar la falta de recursos y lo difícil que es ser padre o madre en nuestra sociedad, que es violenta y que de alguna manera te empuja a ser violento con tus hijos porque vas como pollo sin cabeza, sin presencia y sin tiempo de calidad es muy difícil conectar con tus hijos como necesitan.

Los expertos pueden darte pistas pero la verdadera receta la tiene tu propio hijo

Defendéis que cada niño es único y en consecuencia necesita cuidados diferentes, sin embargo, en la sociedad actual parece que buscamos recetas mágicas que sirvan a todos los niños por igual. ¿Cómo podemos descubrir qué es lo que realmente necesita nuestro hijo?

Andrea: Nosotras cuestionamos bastante el tema recetas porque en realidad la respuesta no está fuera. La mayoría de las veces los expertos pueden darte pistas pero la receta la tiene tu hijo. Lo explicamos con el método ‘aeiou’ que abordamos en nuestro libro anterior Educar es emocionar: lo mejor es aprender a escuchar de verdad, esa escucha profunda donde sabes qué siente tu hijo, qué necesita, qué hay detrás de un mal comportamiento. Hay que observar sin juzgar, porque normalmente etiquetamos conductas o características a modo juicio, y aprender a preguntar para sacar de tu hijo las respuestas que necesitas.

En este método ‘aeiou’ cada uno se hace su propia receta y nosotras solo damos los ingredientes: la escucha, las preguntas, poner el foco en lo positivo, en validar emociones, en la empatía, en las creencias que tienes, en los valores… Todo esto, cada niño con sus padres y con su forma, pero siempre desde el cuidar la relación, cuidarte tú y cuidar al otro.

Los límites son positivos, no hay que esperar a que haya conflicto o a cruzar una línea roja para ponerlos

¿Cuáles son los peligros de no poner límites a nuestros hijos? ¿Les estamos causando un daño pensando de forma equivocada que ser permisivos con ellos es bueno?


Ángeles: Nosotras sustituimos lo de poner límites prácticamente con la palabra cuidar. La gente cuando habla de límites tiene como una energía un poco negativa: cuando tengo que poner límites es porque estoy muy desgastado, harto… Cuando en realidad el límite está en el punto en el que el espacio y las necesidades del otro y las mías están respetadas. Y eso es cuidarme yo y cuidar al otro. Sin límites no estoy cuidando nada. Los límites son positivos, no hay que esperar a que haya conflicto o a cruzar una línea roja para ponerlos. Muchas veces esperamos a que se monte el follón para ponerlos. Lo bonito es explicitar lo que necesito yo y lo que necesitas tú para que una relación funcione y eso es establecer límites.

Andrea: En resumen si no te ponen límites tú luego no te sabes poner límites o no sabes cuidar de ti mismo y no sabes poner límites a otros. Y es la única forma de aprender a cuidarte y a cuidar.

La rabia, la tristeza… te habla de una necesidad de tu hijo y si no es atendida se sentirá solo porque no puede contar con tu apoyo

¿Cómo hay que gestionar la rabia en los niños? ¿Y cómo les perjudica el ignorarlos en esos momentos?


Ángeles: Tu imagínate que tu marido llega un día con un disgusto increíble porque le acaban de despedir del trabajo. ¿Qué haces? ¿Le ignoras? Al final una de las violencias que más te condiciona es o bien no poder expresar la emoción o bien ser ignorado porque cuando expresas una emoción estás expresando una necesidad también. Esa muestra de rabia, de tristeza… te está hablando de una necesidad de tu hijo y si no es atendida al final tú te sientes solo porque no puedes contar con el apoyo de esa persona. Un niño además no tiene el cerebro lo suficientemente maduro para entender sus propias emociones y no le estás dando el apoyo que necesita sino que lo estás dejando solo ahogándose en su emoción. Y eso es durísimo para un niño, se trata simplemente de que le acompañes a transitarla. La rabia no es mala, de hecho es una emoción necesaria para poner límites, aparece cuando te sientes invadido o cuando sientes amenazado un valor.

Los padres tenemos que aprender a acompañarles y entender que a lo mejor la rabia de mi hijo es el espejo de mi propia rabia. Si yo no me la permito, ¿qué me va a pasar con la rabia, la tristeza o lo que sea que esté sintiendo mi hijo? Hay determinadas emociones que nos incomodan. Sin embargo, solo hace falta acompañarlas sin necesidad de hacer ningún drama. Las emociones son contagiosas. Si está enfadado, ¿cómo puedes acompañarlo? Simplemente estando ahí callado sin decir nada y manteniendo tu calma. Esa calma se la vas a contagiar hasta que se serene, pero si le ignoras o le sermoneas lo vas a excitar más.

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