El silencio de los corderos: su huella en el terror

El silencio de los corderos: su huella en el terror

Han pasado más de 30 años desde el estreno de la película de terror más exitosa entre la crítica: El silencio de los corderos (Demme, 1991). Hasta la fecha, se trata del único film de terror que ha logrado la estatuilla a mejor película, además del Óscar a mejor guion adaptado, mejor director, mejor actor y mejor actriz. Todo un hito en el género que, tres décadas después, no se ha logrado superar ni igualar.

A estas alturas, hablar de Hannibal Lecter es hablar del gran villano por excelencia, de la perfecta representación del psicópata en el cine. Y es que el legado de El silencio de los corderos va mucho más allá de la propia película, se han hecho secuelas y los personajes han dado pie a la creación de arquetipos.

Sin embargo, el paso del tiempo y algunas relecturas actuales le han pasado factura al largometraje de Demme. Parece que el personaje de Buffalo Bill resulta más polémico ahora que en los 90, aunque entonces tampoco estuvo exento de ella. ¿Qué ha pasado para que 30 años después la película vuelva a analizarse con lupa?

Resulta especialmente interesante ver la película desde una perspectiva actual. Normalmente, el cine de terror no suele envejecer demasiado bien -salvo excepciones- y ha sido constantemente abucheado por la crítica. Parece que el terror no es un género apto para Hollywood y la academia penaliza a los cineastas que deciden zambullirse en él.

Las claves del éxito

Podríamos decir que El silencio de los corderos fue, sencillamente, una película afortunada. Thomas Harris es, en realidad, la mente que se esconde tras el mito. Es el autor de la serie de novelas de Hannibal Lecter.

En 1986, Dino di Laurentiis estrenaba Manhunter, película inspirada en El dragón rojo. Sin embargo, el éxito no acompañó a la cinta y no se revalorizaría hasta mucho después gracias al éxito de El silencio de los corderos.

Al principio, no fue fácil conseguir que alguien en Hollywood se interesara por El silencio de los corderos; y no fue hasta 1991 cuando, al fin, pudimos ver la película que llevaría el terror a la cima. La suerte del film vino, en gran medida, de la mano del casting.

Aunque en un primer momento se pensó en Sean Connery y Michelle Pfeiffer para los papeles principales, la suerte querría que, finalmente, fueran a parar a manos de Anthony Hopkins y Jodie Foster. En la actualidad, nadie podría imaginar a otro Lecter y a otra Clarice -sin menospreciar a Connery y a Pfeiffer- pero es cierto que los protagonistas son parte del sello de calidad de la película.

Otro de los grandes aciertos del film es su sencillez. A diferencia de otros de terror, El silencio de los corderos apela al miedo racional, al miedo más realista que podemos imaginar. No necesita grandes efectos especiales ni maquillajes extravagantes para resultar absolutamente aterradora; al contrario, es una película que brilla por su simplicidad.

El argumento no es complejo, pero es profundo. La relación que se establece entre Clarice y Lecter atrae todas las miradas, incomoda y perturba, pero al mismo tiempo atrapa. Hay cierta tensión sexual en el ambiente, Lecter se siente atraído por Clarice, pero ella se mantiene firme, fría y, a su vez, frágil; pero es una fragilidad aparente.

Asimismo, la dirección nos brinda momentos brillantes como, por ejemplo, esa persecución final en la que vemos un dispositivo policial en el lugar equivocado o el momento en el que Clarice, aterrorizada, se encuentra atrapada en la oscuridad ante las gafas de visión nocturna de Buffalo Bill.

Esa escena parece anticipar películas como El proyecto de la bruja de Blair (Myrick, 1999) o REC (Balagueró y Plaza, 2007), filmes de terror que pusieron al espectador al otro lado de la cámara y aprovecharon la oscuridad para generar tensión. Clarice parece una presa indefensa, como esas que vemos en los documentales, esas que huyen de un depredador que puede ver en la noche.

Su sencillez y su realismo han hecho que algunos críticos hayan puesto en duda su género, quizás, por ser el gran repudiado por la crítica y porque los prejuicios, a veces, hacen difícil aceptar la realidad. Sin embargo, no hay duda de que El silencio de los corderos es puro cine de terror, totalmente bien ejecutado y, como decíamos, bastante afortunado.

Una mujer en un mundo de hombres

Sin duda, la interpretación de Jodie Foster como Clarice es una de las más notables de su carrera. Sin embargo, además de su gran trabajo, existen otros factores que nos invitan a conectar, de forma inmediata, con Clarice Starling. Factores que tal vez pasen desapercibidos en un primer visionado, pero que están ahí y Demme puso ante nuestros ojos con un objetivo claro: lograr diferenciar a Clarice del resto de sus compañeros masculinos.

La elección de Foster es acertadísima. Entonces, tenía apenas 29 años, una mirada fría, pero tierna y joven; elementos que aportan cierta empatía inmediata con el personaje. Sin embargo, el rasgo físico más destacable -y del que el cineasta se aprovechó enormemente- no es otro que su baja estatura.

Demme coloca estratégicamente a Clarice en escena, la pone frente a un buen número de compañeros masculinos de alta estatura. De esta manera, establece un claro contraste visual. Concretamente, vemos a Clarice vistiendo tonos grises-azules frente a un grupo de hombres vestidos de rojo, con sus respectivas acreditaciones y notablemente más altos que ella. Este contraste provoca en el espectador un instinto de protección, pero Clarice no necesita la ayuda de nadie.

De apariencia indefensa, pero sumamente inteligente, Clarice es una mujer atrapada en un mundo de hombres que deberá demostrar constantemente su valía y sobrevivir. Por desgracia, durante mucho tiempo y en algunos contextos, las mujeres han tenido que esforzarse el doble para estar a la altura de los hombres. La metáfora en el film es visual, pero fundamental.

De alguna manera, pese a su apariencia fría y frágil, nos inspira confianza. Una confianza que Lecter llevará a un plano morboso con tinte sexual pues, al fin, encuentra a alguien a su altura. Y es que Lecter, como Clarice, posee una mente brillante; la diferencia es que él encarna el mal, mientras Clarice es la representación del bien.

El silencio de los corderos: los psicópatas

El silencio de los corderos nos presenta a dos psicópatas que, pese a estar ligados por el crimen, se encuentran claramente diferenciados. Podríamos decir que son opuestos, que Lecter y Buffalo Bill tan solo tienen en común acabar con vidas inocentes. Ambos personajes nos resultan aterradores e incómodos, pero lo hacen por causas distintas.

Buffalo Bill nos asusta en movimiento, nos inquiera en sus actos, pues lo vemos capturando, asesinando y planeando su traje de piel de mujer. Sin embargo, Lecter nos pone los pelos de punta por su quietud, su elegancia y su mirada incómoda y penetrante. Lecter da más miedo maniatado, en cautiverio y con la boca cubierta que en movimiento.

Dos psicópatas, sí, pero totalmente distintos. Hannibal es inquietante, intrigante y extremadamente inteligente. La interpretación de Hopkins es brillante y causa más terror que cualquier posesión infernal, fantasma o monstruo que nos haya mostrado el cine. Causa terror por su frialdad, pero también por su realismo.

Hannibal Lecter

Por el contrario, Bill resulta aterrador, sí, pero también cómico. Destacan momentos como la escena en la que baila y se mira al espejo o la empatía que siente por su perrita Precious, pero no por una mujer a la que tiene encerrada. Es un personaje incómodo que nos aterroriza por momentos, pero es un terror distinto por los sentimientos contradictorios que despierta en nosotros.

Con los años, se ha tachado a Buffalo Bill de ser un personaje que representa la transfobia y, en realidad, esta lectura tiene algo de sentido si tenemos en cuenta los motivos de sus crímenes. Sin embargo, cabe destacar que el propio Lecter se encarga de recordarnos que Bill no es una persona transexual, sino alguien que se odia a sí mismo y que, tras haber fracasado en todo lo que se propone, se ha convencido de ser transexual.

No, Buffalo Bill no es transexual y no es una representación de ello a pesar de su motivación. Buffalo Bill no es otra cosa que un psicópata que cosifica a las mujeres y que, probablemente, si no hubiese sido atrapado, al haber fracasado en su intento por ser mujer, habría buscado cualquier otra excusa para seguir asesinando.

Tampoco hay que olvidar que la propia Jodie Foster es lesbiana y defensora del colectivo LGBT+; ella jamás habría participado en un film que promueve la transfobia por mucho que fueran los años 90 y no se hablara de ello. Además, si queremos hacer una lectura actualizada, tal vez cabría resumirlo en: una mujer en un mundo de hombres que lucha por atrapar a un asesino que cosifica a las mujeres.

De lo que no cabe duda es de que El silencio de los corderos, igual que hicieron películas como El Exorcista (Friedkin, 1973), vino para romper los moldes del cine de terror y dar paso a una nueva propuesta en el género.

Su huella es tal que Lecter ha seguido inspirando a prácticamente todos los psicópatas que hemos visto en el cine después de su estreno. Sin duda, un film escalofriante que nos muestra la peor cara del ser humano.

 

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