Cómo manejar las expectativas y ceñirse a lo que importa

Cómo manejar las expectativas y ceñirse a lo que importa

Manejar las expectativas significa saber ajustar nuestras metas y creencias para invertir en felicidad. No es una artesanía sencilla. A fin y al cabo, solemos esperar demasiado de los demás, de nosotros mismos y hasta de la propia vida. Esa tendencia tan común nos conduce muchas veces hacia el sufrimiento, porque como bien suele decirse lo bueno es menos bueno cuando solo se espera lo mejor.

Señalaba el psicólogo Jean Piaget que los niños pequeños suelen tener problemas para diferenciar lo que sucede en su mundo interno de lo que acontece en el exterior. A los 6 o 7 años todos transitamos por una época marcada por el “pensamiento mágico” y la clásica idea de que aquello que se desea sucederá.

Lo curioso es que algunas personas llegan a la edad adulta reforzando las bases de ese esquema. Este les hace creer que el mundo debe ajustarse a su visión, sus deseos y sus expectativas. Lo que Piaget definió como razonamiento mágico en su día, hoy lo llamamos “ley de la atracción” y vende millones de libros en todo el mundo.

Ahora bien, debemos tenerlo claro: la vida no es siempre como uno quiere, las personas (en ocasiones) no son como uno espera y a veces hasta nos proponemos metas del todo imposibles. El antídoto contra las decepciones es cultivar unas expectativas más ajustadas. Te explicamos cómo lograrlo.

 “Si no esperas nada de nadie, nunca te decepcionarás”.

-Sylvia Plath-

mujer pensando en cómo manejar las expectativas

Claves para manejar las expectativas y no desilusionarse en el intento

Una expectativa es la firme creencia de que algo sucederá tal y como uno supone. Esta visión se aplica por igual tanto a eventos como a personas. Es decir, el ser humano construye expectativas sobre su propio futuro y también sobre su relación con los demás. ¿Quiere decir esto que dichos constructos psicológicos son negativos o contraproducentes? En absoluto.

Todos nosotros necesitamos cierta seguridad a la hora de pensar en el futuro. Albergar esperanza en que determinados eventos pasarán tal y como esperamos nos da seguridad, calma y bienestar. Lo mismo ocurre con nuestros vínculos afectivos. Damos por sentado que la pareja, la familia y los amigos nos apoyarán en cualquier necesidad porque hay un lazo social basado en la confianza.

Lo mismo sucede en nuestros procesos de toma de decisión. Trabajos de investigación, como los realizados en la Universidad de Trento, destacan cómo las expectativas median en buena parte de lo que decidimos a diario. Saber ajustarlas, ser realistas y retirar de ellas cualquier viruta de “pensamiento mágico” nos resultará práctico y enriquecedor.

Veamos cómo lograrlo.

1. Desactiva de tu mente ciertas ideas

Albert Ellis, creador de la terapia racional emotiva (TRE), incidió en cómo las ideas irracionales median en nuestro malestar. Buena parte de esos sesgos mentales parten de expectativas poco realistas que boicotean cualquier intento de ser felices.

Así, es necesario tomar conciencia de esos esquemas de pensamiento que solo sirven para traernos la frustración constante. Son los siguientes:

  • La vida tiene que ser justa.
  • Debo gustarle a todo el mundo.
  • Las personas que aprecio deben actuar siempre tal y como yo espero.
  • Quienes me rodean deben estar siempre de acuerdo conmigo.
  • Tengo que lograr todo lo que me propongo.
  • La gente tiene que entenderme siempre.
  • Debo hacerlo todo bien.
  • Si me esfuerzo lo bastante aquello que deseo sucederá.
  • Cuando consiga lo que deseo seré feliz.
  • Las personas pueden cambiar si se lo pido.

2. Esperar cosas que están fuera de tu control es la antesala de una decepción

Para manejar las expectativas, debes centrarte en aquello que solo tú puedes controlar. Si te pones como expectativa que te toque la lotería, estás usando el pensamiento mágico. Si aguardas un ascenso sin luchar por él y trabajártelo, estás aplicando también el pensamiento mágico.

Lo mismo sucede cuando aguardas a que determinadas personas se comporten como tú deseas. Ninguno de estos eventos depende de ti, por tanto, debes ajustar esa visión.

Una expectativa realista es aquella que trazas tú mismo sabiendo que dispones de los recursos adecuados para hacerla realidad. Y aún así, en ocasiones, aquello por lo que luchas no siempre sucede, pero la probabilidad de tener éxito siempre será mayor que si dependes de la suerte o de terceras personas.

3. Cíñete a lo que de verdad importa, sé realista y prudente

Christen Dalsgaard fue un pintor danés del siglo XIX que creo una obra realmente hermosa titulada Surely He Will Come? (1879). En ella hay a una dama en el umbral de una puerta mirando con cierta ansiedad hacia un lado, como esperando la llegada del ser amado. Esa composición es la vívida representación de las expectativas: dar casi por sentado que algo sucederá.

Para manejar las expectativas, es necesario ser realistas y prudentes. Por ejemplo, no es bueno hacerse grandes expectativas de una película que no se ha visto solo porque el director nos guste. Tampoco apostar nuestra vida entera por una sola persona. A veces, podemos decepcionarnos.

La chica del cuadro de Dalsgaard puede que trazara en su mente grandes expectativas sobre alguien que al final no llegó a aparecer. Seamos cautos, cultivemos una actitud positiva y esperanzadora, pero con un pequeño matiz de realismo y prudencia. 

Hombre serio pensando en manejar las expectativas

4. Reduce un poco las expectativas para dejarte sorprender

La vida puede traernos cosas maravillosas, pero a veces al mantener expectativas altas el impacto se diluye en ocasiones. Puede que esperáramos, por ejemplo, que nuestra pareja nos regalara un viaje a París y al final, el regalo no fuera más que una escapada de fin de semana a la playa. Pero, ¿qué más da si estamos juntos?

Reducir expectativas para ceñirse a lo que de verdad importa requiere tomar conciencia de dónde situamos nuestra mirada. Está bien ponerla siempre en las estrellas, en lo más alto de nuestras cabezas. Sin embargo, la vida acontece delante de nuestras narices. Justo al frente.

Reducir expectativas no es menospreciarnos, es ajustarnos a ese nivel más certero y realista en el que dejarnos sorprender por lo que nos trae el destino.

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