Belfast: la proyección de los recuerdos

Belfast: la proyección de los recuerdos

Orson Welles afirmaba que “es imposible hacer una buena película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta”. Esta frase, por pretenciosa que a algunos les pueda parecer, esconde una gran verdad. En el cine, pese a tratarse de un producto de consumo, es fundamentalmente un arte: el de contar historias a través de una cámara. Historias que, por supuesto, tienen un alma y un corazón detrás.

Estas historias pueden ser narradas de infinitas maneras y, a veces, no necesitan ser demasiado complejas para llegar a producir emociones intensas en el espectador. Hoy, hablamos de una de esas películas proyectadas desde el alma, con mimo, nostalgia y cierta idealización; hablamos de Belfast, la nueva película de Kenneth Branagh.

Buddy -el alter ego de Branagh- es un niño de 9 años que vive con sus padres y su hermano en un barrio de clase trabajadora de la capital de Irlanda del Norte. Pese a llevar una vida tranquila, las tensiones en su país son cada vez más fuertes y su familia deberá afrontar el creciente desempleo y la violencia de la zona hasta que, finalmente, se plantea un dilema: permanecer en Belfast o huir.

Branagh realiza en Belfast un ejercicio de introspección y de memoria en el que parece haber grabado sus recuerdos y proyectárselos al espectador. Como todo recuerdo, no es exacto, no es completamente real y, aunque esconde una gran verdad, la memoria tiende a la nostalgia y a la idealización.

Con 7 nominaciones a los Óscar, el largometraje parte como uno de los favoritos para hacerse con la estatuilla a mejor película.

La mirada del niño

Salir del cine y que un sinfín de emociones se apoderen de ti no ocurre a menudo; sin embargo, cuando sucede, aparece la magia. Branagh logra enmudecer a la audiencia con una película que parece estar proyectada desde la memoria.

Más de uno verá en ella ciertas similitudes con Roma (Cuarón, 2018), pues en ambos filmes el cineasta se sumerge en los recuerdos de una infancia vivida en medio de un conflicto marcado por la violencia. El uso del blanco y negro, sin duda, les sirve a ambos para evocar esos recuerdos, pero en el caso de Branagh es también un homenaje al fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson y lo cierto es que Belfast nos ha regalado imágenes extraordinariamente bellas.

Pese a las similitudes con Roma, podemos afirmar que Belfast es muy diferente y no solo por el lugar en el que transcurren los acontecimientos, sino también por el punto de vista. Si Cuarón ponía el foco en las mujeres que lo acompañaron, Branagh narra Belfast a través de los ojos de Buddy.

Branagh aprovecha los espacios, divide el plano y presenta dos realidades de forma simultánea creando un paralelismo con la trama: la de los adultos y la del niño. Así lo vemos en el uso del cenital o el contrapicado que, pese a generar extrañeza, están perfectamente conectados con las emociones.

El pequeño Buddy observa escondido a sus padres desde la escalera, detrás de una puerta o ventana. Los ángulos, los reflejos, las ventanas y los marcos de las puertas le sirven al cineasta para dejar claro cuál es el punto de vista que ha decidido adoptar.

Durante la primera parte de la película, nos encontramos con una historia que gira en torno al pequeño mundo de Buddy, que pese a vivir en una zona marcada por el conflicto, no parece tener demasiado protagonismo en él. Mantendrá conversaciones con su prima y los adultos acerca de la situación que afronta el país, pero su mayor preocupación será la de sentarse junto a la chica que le gusta en el colegio.

El largometraje arranca con una serie de imágenes a color de la ciudad y, con un perfecto fundido, Branagh nos traslada al Belfast en blanco y negro de 1969. Buddy tiene apenas 9 años y transcurre su infancia jugando con otros niños en el barrio, vemos una escena totalmente cotidiana de vecinos que hablan y socializan en la calle. La madre de Buddy lo llama para ir a comer y, de repente, esa atmósfera feliz y cotidiana se transforma en un entorno totalmente hostil.

Con un movimiento de cámara de 360 grados alrededor de un paralizado Buddy, Branagh nos muestra el miedo, el terror de un niño que no termina de comprender los conflictos del mundo adulto. Aunque a continuación veremos una historia marcada por el mundo personal del niño, Branagh nos advierte que el pequeño Buddy no podrá ser totalmente ajeno al conflicto.

Belfast: la vida en el conflicto

Kenneth Branagh afirmaba en una entrevista que la inspiración de Belfast tuvo mucho que ver con la pandemia actual. El confinamiento trasladó de su memoria a su conciencia recuerdos que parecían olvidados, le hizo pensar en su hogar, pero también en la situación que vivió en su infancia, en ese periodo de cambio y catástrofe que, pese a la distancia, no parecía tan lejano en pleno confinamiento.

Frente a una situación compleja, siempre se dan posturas diferentes. En Belfast, nos encontramos con una familia protestante que vive en armonía en un barrio mayoritariamente católico, hasta que ve cómo su calle es atacada con frecuencia. El padre de Buddy tendrá que trabajar lejos del hogar y comenzará a plantearse la posibilidad de emigrar.

Por el contrario, la madre parece más reacia y opta por no escuchar las noticias en un intento desesperado por evadir el problema. A través de pequeños gestos como apagar la televisión, Belfast va dibujando las distintas posturas en torno al mismo problema. A partir de este momento, ese conflicto adulto comienza a afectar a Buddy, que ve como su familia, antes unida, comienza a dividirse y su futuro en Belfast podría peligrar.

Tras una sucesión de eventos que acumulan tensiones, pérdidas y tristeza, Branagh decide darnos un respiro de la forma más acertada: a través de la música. En medio de la desolación, surge la magia y acudimos a una escena extraordinaria que rompe con todo lo anterior; el padre de Buddy canta Everlasting love de Love Affair y la tristeza se convierte en baile y reconciliación dejando a un lado el resentimiento.

Buddy observa a sus padres con cariño y sentimos que Branagh, de alguna manera, proyecta una imagen idealizada de esos estrechos lazos familiares.

Es interesante destacar que, desde el comienzo de la película, Branagh nos ha estado regalando una banda sonora puramente norirlandesa, liderada por Van Morrison y que cuenta con nominación al Óscar por Down to Joy. Sin embargo, en esta escena de baile, en el punto de inflexión y transición, escoge muy acertadamente una canción de un grupo inglés.

Pareja bailando

La dosis justa de dramatismo

Branagh decide no poner el foco únicamente en lo trágico, sino coquetear ligeramente con el humor. Así lo vemos en la presentación que se hace de la religión que, en medio de un sermón absolutamente aterrador para el niño, se rompe el miedo con ironía y sarcasmo. Una presentación de la iglesia estremecedora, pero risible al mismo tiempo.

Los detalles están perfectamente cuidados y los actores se mueven con total naturalidad en escena; en ocasiones, nos sentimos como el pequeño Buddy que observa todo con emoción y cariño. Como si esa familia que estamos viendo fuera la nuestra, como si esa casa de los abuelos existiera y ese niño que acude a sus mayores en busca de consejo, en algún momento, fuimos nosotros.

El uso del blanco y negro refuerza enormemente estas emociones, aunque destacan dos momentos en los que el color rompe el gris y conecta con el presente de Branagh. Esos momentos se dan en el cine y el teatro, las dos disciplinas en las que ha desarrollado su carrera. Además de la historia principal, vemos un sinfín de detalles con los que el cineasta rememora esos primeros encuentros con el cine y el teatro que terminarían por configurar su futuro.

La magia en Belfast viene dada por infinidad de elementos, desde la naturalidad de los actores -destaca una inmortal Judy Dench- hasta el sonido o la fotografía. La nostalgia impregna la pantalla, nos hace volver a una época en la que el público se emocionaba con Chitty Chitty Bang Bang (Hughes, 1968) y podemos percibir el cariño y el mimo que ha puesto Branagh en esta proyección de sus recuerdos.

Después de una película así, le perdonamos al británico todos sus “pecados”, le perdonamos ese extraño Poirot que nos dejó hace unos años y preferimos recordarlo por sus adaptaciones de Shakespeare. Lo mismo le ocurre a Jamie Dornan: ha demostrado que, en la carrera actoral, a veces hay que pasar por el aro para, finalmente, hacer lo que a uno le gusta.

En definitiva, estamos ante una de las mejores películas de los últimos años, un filme brillante capaz de emocionarnos y hacer que soñemos y cantemos Everlasting Love durante algunas semanas. Pese a la tristeza, deja un buen sabor de boca.

“Todos tenemos una historia que contar, pero lo que hace a cada una diferente no es cómo termina la historia, sino el lugar donde comienza”.

-Belfast-

 

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